2/6/16

Cuando necesito escaparme de mi, cierro los ojos y me traslado a la paz del monte.
Me abstraigo, pongo alguna chacarera e inmediatamente me bajan las revoluciones.
Vuelvo ahí, a Santiago. 
Vuelvo al silencio, donde el único ruido es el de la naturaleza y las guitarras, donde no se necesita nada.
Vuelvo donde uno es feliz con muy poco, en realidad, para ellos es todo, muy poco es para nosotros.
Vuelvo a la luna, a la tierra. 
Vuelvo al rancho y a despertarme con las gallinas. 
Vuelvo al lugar donde siempre hay una pava caliente y un mate dulce esperandome con una tortilla recién salidita.
Vuelvo a los infinitos fogones, incluso sin fuego y a las guitarreadas con temas de Silvio Rodriguez.
Vuelvo a zarandear como si entendiese algún paso y a cada tanto gritar  "la segunda", aunque honestamente no sepa bien que significa.
Vuelvo a lavarnos la cabeza comunitariamente para no desperdiciar agua, que allá escasea.
Que necesario es volver a veces.
Aunque este invierno no me toque volver, siempre vuelvo allá. 
Vuelvo a Quimilí, vuelvo a la central y vuelvo a la familia Galván.
Experiencias únicas, transformadoras si las hay.
Experiencias que carecen de adjetivos correctos para ser descritas.
Experiencias que hay que vivirlas, que hay que sentirlas.
A veces me apeno de haber perdido todos los escritos de aquellos días, pero me consuelo al no ser necesarios. Las emociones y lo que sentí lo tengo a flor de piel y lo recuerdo cada vez que lo necesito.