Desde mi completa ignorancia sobre el teatro, me permito hacer la siguiente analogía.
La actuación se parece mucho a la educación.
Uno cuando sube al escenario se olvida de todo, actúa, canta y baila. Cuando uno entra a una sala o a un aula, pasa un poco eso. Se olvida de todo y se compromete, actúa, pone su mejor sonrisa y transmite, al igual que un actor.
En la docencia hay muchos menos aplausos, más quejas y abucheos, pero es también un poco ponerse en el papel de autoridad y creérselo, tal como el villano de la película.
A veces los aplausos con reemplazados por abrazos, miradas cómplices y logros obtenidos.
Un actor es un poco uno y un poco el personaje.
Un docente es un poco uno y un poco el personaje.
No se lo que pasará arriba del escenario. Pero yo cuando entro a la sala me olvido de todo, pongo mi mayor sonrisa a pesar del cansancio, canto y bailo como si fuese profesional, cuando en realidad apesto. Juego al fútbol como si fuese Messi y construyo castillos de arena. Cuento cuentos y le hablo a muñecos, como si en realidad me contestasen. Pinto y hago dibujos como si fuese Picasso y en realidad solo dibujo al Sapo Pepe.
Son muchos personajes, pero el más importante y el que se tiene que creer uno a toda costa, es el de dar seguridad. Yo adentro de la sala cuido, decido y protejo. Puedo con 20 nenes de dos años.
Y es un personaje, porque afuera de la sala no puedo ni conmigo misma.
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